No siempre es fácil ponerle nombre a lo que pasa en los equipos. A veces el conflicto no se presenta como algo evidente, sino como una incomodidad constante que se va acumulando en el cuerpo.
Esta es una mini crónica de lo que muchas veces callamos quienes sostenemos procesos colectivos, comunitarios o colaborativos, cuando el cuidado no está presente.
Solemos temerle al conflicto, quizá porque lo asociamos únicamente con ruptura o con alguna connotación negativa. Pero es en el conflicto donde se reconoce la diferencia, y es desde ahí que surge también la posibilidad de habitar el acuerdo.
Cuando el conflicto no se escucha ni se integra, entonces sí, se convierte en fractura.
No todo depende del esfuerzo individual. La historia personal de cada quien influye profundamente en la forma en que se perciben los desacuerdos, los límites y las posibilidades de diálogo.
Si no se escucha al otrx, si no se sabe transitar la tensión, entonces no podrá existir el consenso.
Cuidar a otras personas no garantiza que ese cuidado sea devuelto, por eso es sumamente importante, no solo en el trabajo comunitario, sino en cualquier ámbito relacionado con equipos de trabajo o personas colaboradoras, cuidarse y validarse a una misma…eso también es una responsabilidad.
Hace varios años formé parte de una consultora de planeación donde me subcontrataban para desarrollar procesos participativos en distintos estados del país. Dentro del equipo había varios perfiles de personas con actitudes misóginas, machistas y rasgos claramente narcisistas.
No toleraban la crítica ni las propuestas que no fueran propias, normalmente siempre buscaban imponer su propia verdad sin ninguna clase de acuerdo convenido. En una reunión con todo el equipo terminé llorando de frustración. No hice un escándalo, no supe cómo reaccionar. Preferí callar para “evitar el conflicto”.
Decidí hablar con la líder de la empresa, le comenté la situación, lo que estaba pasando, las actitudes, mi sentir. Su respuesta fue: “comentarios recibidos”.
No hubo “comentarios recibidos” cuando exigían resultados imposibles: tres instrumentos de planeación para tres municipios distintos en seis meses. Tampoco cuando dejaron de pagar durante tres meses. Llegó la pandemia, enfermé de covid y aun así tenía que seguir trabajando para un espacio donde no existía ni la comunicación, ni el acuerdo y mucho menos el cuidado.
Claramente mi cuerpo se fragmentó, colapsé. Desarrollé resistencia a la insulina, el cortisol me llegaba hasta las nubes, no dormía bien, no comía bien, no me sentía bien sosteniendo tanta imposición externa sin poder parar, me sentía agotada, drenada, frustrada, invalidada.
Un espacio que no cuida las voces de su propio equipo termina reproduciendo las mismas violencias que dice combatir. Buscaban una planeación integral del territorio, pero dentro no había integración, ni escucha, ni cuidado de sus propios integrantes.
La inmediatez, la obsesión por el resultado y la meta sin cuidado abre la puerta al abandono estructural. El cuidado no es un gesto de buena voluntad, amabilidad o bondad: es una práctica política que sostiene cuerpos, vínculos y procesos.
Cuando se validan las experiencias y los sentires de quienes participan (equipos, colaboradores, comunidades), se debilitan las jerarquías que deciden quién puede hablar y quién solo debe ejecutar.
No todo el desgaste es personal. Callar para no incomodar tuvo consecuencias que después tuve que pagar. Aprendí con el tiempo, a apartarme de espacios donde no se reconoce a las personas como seres integrales, sino como recursos que no se cansan, que no se detienen y que no necesitan recuperarse.
Participar (activa o pasivamente) en procesos donde no se procure el cuidado, no solo rompe proyectos, rompe afectos y rompe personas. Cuando el desgaste no se nombra, se normaliza y entonces el ciclo se repite.
El reconocimiento propio muchas veces nace del conflicto…de esas veces en las que no te validaron, cuando no te escucharon; cuando te interrumpían y preferiste callar, cuando tu voz no era tomada en cuenta; cuando no te dieron crédito por tu trabajo, cuando resolviste aun estando agotada, cuando alguien te hizo creer que no eras importante, que eras totalmente reemplazable.
El conflicto es sabio, enseña fuerte y certeramente, y es claro que cuando los procesos se diseñan sin integrar el sentir del territorio (que habita no solo en los cuerpos, en los equipos y en las comunidades), se podrán producir resultados e intervenciones “eficientes”, pero profundamente desconectados de la realidad y la vida que dicen querer sostener.
Nota: Esto es una reflexión personal desde mi experiencia práctica; no representa a la institución donde presté mis servicios. Escribo para compartir aprendizajes y herramientas que puedan servir a quienes trabajan en lo comunitario.
Mafer Skewes