Llegué a un puesto directivo con ya experiencia de trabajo de campo, gestión de proyectos y recaudación de fondos, pero con poca experiencia en la administración pública. Creí que sería una extensión de lo que hacía en mi ONG. Estaba sumamente equivocada.
La administración pública, por dentro, se siente a veces como un cuarto oscuro en el que entras sin lámpara: no sabes qué vas a encontrar ni en quién puedes confiar. Una de las primeras lecciones fue ver cómo la desconfianza se filtra dentro de los equipos: actitudes de desvalorización, descalificación y control. Aprendí que no basta con saber hacer; también hay que saber reconstruir la confianza.
La primer semana fue de mucha adaptación: horarios irregulares, más escritorio del que esperaba y, al mismo tiempo, la urgente necesidad de mantenerme fiel y congruente con mi forma de trabajar: desde la escucha, con cuidado, poniéndole corazón a los procesos.
He intentado convertir esta experiencia en aprendizajes concretos. Si hoy tuviera que resumir los primeros pasos que me sirvieron para resistir, serían estos:
Admito que el renunciar tampoco fue fácil, implicó soltar un reto y lidiar con mi ego el cual definitivamente se sentía herido; sin embargo, ese paso solo me ayudó a confirmar que a mí lo que me gusta es trabajar con las personas y el territorio, y no desde la inercia y simulación institucional.
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Nota: Esto es una reflexión personal desde mi experiencia práctica; no representa a la institución donde presté mis servicios. Escribo para compartir aprendizajes y herramientas que puedan servir a quienes trabajan en lo comunitario.
Mafer Skewes.